El buen Tío Rogelio, siempre preocupado por mantener la paz, por evitar que en sus hermanos, fuertes como robles al igual que él, se generara la chispa de pelea que los llevaba invariablemente a terminar a puños y siempre dando una lección a sus contrincantes, peleando por la causa más justa: enseñarle al barbaján en turno que nadie se mete con Los Garza.
Tino era de los de en medio, el número 5 de 7 hermanos. Crecieron trabajando, aprendiendo a ser hombres, pero no cualquier cabrón, decía su padre, ¡unos cabrones bien hechos! Decía que aprendieron a trabajar, a respetar, a amar y a bromear, a pelear, a ingeniárselas para salir de cualquier apuro, ya fuera matar conejos en el monte para cocinarlos y comérselos, trabajar en las minas, hacerse cargo de un rancho, respetar a las mujeres y sobre todo, defenderse entre ellos.
Cierto día, de esos cuyo atardecer es amarillo-naranja y entre el sol y el polvo desprendido de la tierra seca no puedes ver más allá de unos cuantos metros, Tino volvía de trabajar cuando vio a un amigo suyo acercarse, se bajó del caballo, amarró las riendas y mientras lo saludaba, sujetó el caballo a un árbol. Hey Tino! Allá dentro está tu hermano Rogelio jugando dominó con unos camaradas, pero uno que no te conoce lleva más de una hora molestándolo. Tino entró a la casa sin hacer ruido, los amigos lo vieron y él les hizo la señal universal de ‘silencio’ con el dedo índice en la boca. El juego siguió y el desconocido continuó con sus insultos hacia Rogelio. Oye y ¿por qué lo molestas tanto? ¿Qué te hizo? Pues nada pero no se quiere pelear conmigo ¡es un puto! Y siguió con los insultos. Oye, y si viniera un hermano suyo, ¿seguirías insultándolo? ¡Los insultaría a los dos, par de maricones! Bueno, pues aquí estoy, mucho gusto.
En ese momento Rogelio se levantó para tranquilizar a su hermano, sabía lo que vendría después, un par de golpes, sólo un par pero bien dados, uno en el estómago y otro en la nariz y con eso tuvo, al suelo. Aprende cabrón, fíjate con quién te metes ¡Cuídate!
Así de sencillo era, no te metas con mi familia ni con mis amigos, mientras tú no lo hagas yo no me meto contigo. Esa era una de las enseñanzas más grandes de su padre.
Los Garza eran una familia bien acomodada, eran dueños de un buen rancho, y sobre todo, dueños de un amor y un respeto por la vida que muy pocos podrían presumir de tener. Eran una familia acomodada pero trabajadora, desde chicos se les había inculcado trabajar sus bienes, no tanto ser grandes empresarios, sino grandes seres humanos y grandes trabajadores.
Tino era de los de en medio, el número 5 de 7 hermanos. Crecieron trabajando, aprendiendo a ser hombres, pero no cualquier cabrón, decía su padre, ¡unos cabrones bien hechos! Decía que aprendieron a trabajar, a respetar, a amar y a bromear, a pelear, a ingeniárselas para salir de cualquier apuro, ya fuera matar conejos en el monte para cocinarlos y comérselos, trabajar en las minas, hacerse cargo de un rancho, respetar a las mujeres y sobre todo, defenderse entre ellos.
Cierto día, de esos cuyo atardecer es amarillo-naranja y entre el sol y el polvo desprendido de la tierra seca no puedes ver más allá de unos cuantos metros, Tino volvía de trabajar cuando vio a un amigo suyo acercarse, se bajó del caballo, amarró las riendas y mientras lo saludaba, sujetó el caballo a un árbol. Hey Tino! Allá dentro está tu hermano Rogelio jugando dominó con unos camaradas, pero uno que no te conoce lleva más de una hora molestándolo. Tino entró a la casa sin hacer ruido, los amigos lo vieron y él les hizo la señal universal de ‘silencio’ con el dedo índice en la boca. El juego siguió y el desconocido continuó con sus insultos hacia Rogelio. Oye y ¿por qué lo molestas tanto? ¿Qué te hizo? Pues nada pero no se quiere pelear conmigo ¡es un puto! Y siguió con los insultos. Oye, y si viniera un hermano suyo, ¿seguirías insultándolo? ¡Los insultaría a los dos, par de maricones! Bueno, pues aquí estoy, mucho gusto.
En ese momento Rogelio se levantó para tranquilizar a su hermano, sabía lo que vendría después, un par de golpes, sólo un par pero bien dados, uno en el estómago y otro en la nariz y con eso tuvo, al suelo. Aprende cabrón, fíjate con quién te metes ¡Cuídate!
Así de sencillo era, no te metas con mi familia ni con mis amigos, mientras tú no lo hagas yo no me meto contigo. Esa era una de las enseñanzas más grandes de su padre.
Los Garza eran una familia bien acomodada, eran dueños de un buen rancho, y sobre todo, dueños de un amor y un respeto por la vida que muy pocos podrían presumir de tener. Eran una familia acomodada pero trabajadora, desde chicos se les había inculcado trabajar sus bienes, no tanto ser grandes empresarios, sino grandes seres humanos y grandes trabajadores.


